Había una vez un príncipe que quería casarse con una verdadera princesa. Viajó por todo el mundo buscando una, pero era muy difícil encontrarla. El príncipe volvió a su país, muy decepcionado. Una noche se desencadenó una tempestad. De pronto, llamaron a las puertas de la ciudad y el viejo rey en persona fue a abrir. Apareció ante sus ojos una princesa. La lluvia chorreaba por sus cabellos y vestidos. Parecía una fuente, aunque asegurase que era una princesa. “Pronto lo sabremos”, pensó la vieja reina. Sin decir nada a nadie, fue al dormitorio, quitó todos los edredones y colchones de la cama y dejó en el fondo de esta un guisante. Luego, colocó los veinte colchones y, encima, los veinte edredones. Allí había de pasar la noche la princesa.
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